De la/mi estupidez

Hace algunos años, cuando se dio el auge de la influencia mediática en la sociedad argentina, uno, por allí, se asustaba o se reía de que algunos tipos evidentemente tan poco dotados obtuvieran tanto éxito. 
Yo siempre he dicho: “y bueno pero es simpático, no hace mal a nadie… se divierten, vos le vas a dar la mano y el tipo la saca y todos se ríen”. A uno no le causaba gracia pero podía entender que a organizaciones psicofísicas menos exigentes esto le podía producir gracia y no hacían daño. 
De golpe esos tipos dejan de sacarte la silla cuando te vas a sentar y empiezan a ser mentores ideológicos de la sociedad. No ya Ezequiel Martinez Estrada, ni Jaureche, en ambas veredas del pensamiento argentino, sino esos tipos. Empiezan a opinar y esa opinión entra mas que la opinión de los maestros o de los académicos que han estudiados esos asuntos. 
Y ahí nos encontramos con que realmente sí podían hacer daño y que a lo mejor el diablo tiene cara de estúpido. Y que hay una rima siniestra entre ese chiste que uno desprecia por demasiado simple y esa visión del mundo que uno desprecia por demasiado simple y egoísta. Y también encuentra uno una relación entre tantos males y odios que son hijos de la malevolencia, pero también de la estupidez. 
Así que habrá llegado el momento de preocuparse un poco, no sólo por los malvados que hay muchos, sino por los estúpidos que hay más. Se lo digo desde las colinas de mi propia estupidez. Una estupidez que, a veces, no me deja reconocer cabalmente el peligro que un verdadero estúpido implica.

Invito a buscar visiones de la vida en donde pueden encontrarse y no en los decires automáticos de personas simpáticas.

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