De la complejidad

Leer es un placer para cuyo disfrute vale la pena adiestrarse.
No es que la poesía y la excelencia y la complejidad sean algo aburrido, sino que son algo que es difícil alcanzar, que se necesita una cierta competencia para alcanzar.

Jorge Wagensberg, un pensador barcelonés, dice que un hecho artístico es un hecho rutinario en donde se combinan el realizador y el que consume. Y dice que deben parecerse para que la comunicación se produzca, que debe haber como un aire de familia entre ellos. Mejor dicho, tienen que ser mentes de parecida complejidad.

Porque si vos ponés una mente demasiado elemental ante una obra o una película o un libro demasiado complejo, no lo va a entender. Y si ponés a un tipo muy complejo ante una obra artística demasiado elemental, se va a aburrir, o se va a ofender. 
Entonces evidentemente debe haber un parecido entre los autores de un hecho artístico y su consumidor. 
Yo no sé si lo segundo es mejor que lo primero, pero sí estoy segura de que es más complejo. 
Y algo complejo por lo gral es más meritorio que algo elemental. 
Y no me vengan con que hay obras elementales que son extraordinarias porque les juro que no. Son solamente elementales en su presentación, en su embaldosado. Pero debajo, palpita la complejidad.

Ahora, ¿por qué es mejor que alguien sepa apreciar las tragedias de Shakespeare que los programas de Tinelli? Porque el tipo que sabe apreciar la tragedia de Shakespeare es más complejo, pero además, la tragedia misma recibida lo enriquece, lo dota de armas para reaccionar ante cualquier cosa. Y fundamentalmente, lo dota de una capacidad de recibir placeres mucho más refinados, intensos y nobles que, por ahí, ver el concurso de a ver quién escupe más lejos.


Y no todo es gusto personal, es mentira que sobre gustos no hay nada escrito, casi le diría que no se ha escrito sobre otra cosa. El asunto es que hay que leerlo.

Una cosa es decir que sobre gustos no hay nada escrito, y otra cosa que sobre gustos no ha leído nada.

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